Aprender a detectar las violencias que nos rodean 

Por admin

Tenemos una firme convicción, la intuición alada, de que llegará un día en el que mero ejercicio de la violencia provocará en las personas un rechazo visceral, tal y como vislumbró en su momento Silo, Mario Rodríguez Cobos, el creador del Movimiento Humanista. Dicho de otra manera: llegará el tiempo en el que la realización de actos violentos no será porque provocará un intenso malestar (uno lo imagina como un asco profundo, un rechazo que alterará nuestro cuerpo y nuestra psique, dando señal evolutiva de que ese comportamiento primitivo ha dejado de estar codificado en nuestra conducta). 

Para pavimentar el camino que llevará a esa situación nos parece crucial aprender a detectar (y repudiar) las diferentes clases de violencia que nos asedian en el trazo cotidiano. Está la más grosera y evidente, que es la violencia física, pero hay más…

Está la violencia económica (cómo no va a serlo el hecho de que el alquiler medio de una vivienda en Madrid se sitúe en los 2.126 euros al mes de media). Esta clase de violencia consiste en utilizar los recursos económicos para perjudicar, someter o discriminar a otros. Por ejemplo, cuando se niega un trabajo o un medio de subsistencia por una determinada condición de la persona. Es un tipo de violencia bastante “normalizada”: tanto porque se asume la mercantilización de lo que son derechos, como por la normalización de conductas basadas en el aprovechamiento y la explotación. De hecho, se suele llamar “tonto” a quien, en realidad elige no comportarse como ave de rapiña con otras personas.

Mención propia también merece cómo parece que se está “normalizando” la violencia psicológica (insultos, amenazas, humillaciones, burlas constantes o manipular mediante la culpa, el miedo o el chantaje emocional, por señalar algunas de las conductas más comunes de ese tipo de violencia) de la que desgraciadamente es bastante probable que podamos evocar situaciones en ámbitos tan dispares como la política, las redes sociales o el ámbito escolar.

También está la violencia religiosa, que consiste en imponer una determinada visión o conducta sobre otras personas, discriminar a otros porque por su religión o por su ateísmo, agredir, destruir de lugares de culto y provocar desplazamientos de personas. Como decía Silo en la Arenga de la Curación del Sufrimiento: “¿Crees que no ejercitas la violencia cuando no das trabajo, o cierras las puertas, o despides a alguien, por no ser de tu propia religión? ¿Crees que no es violencia religiosa cercar a aquel que no comulga con tus principios, por medio de la difamación; cercarlo en su familia, cercarlo entre su gente querida, porque no comulga con tu religión?” 

También está bastante a la orden del día la violencia racial, que se traduce en discriminar o perseguir a alguien por su origen o el color de su piel. La deshumanización que hemos visto ante lo sucedido en Ceuta, en muchos casos, es una muestra de ello. 

Una violencia que quizá no sea tan fácil de detectar (y con ello de modificar) es la violencia ideológica, que tiene su relato en intentar imponer las propias ideas o creencias a otras personas. Algo que sucede cuando se persigue o margina a alguien por defender unas ideas políticas diferentes a las nuestras. Por cierto, es verdad que está violencia se expresa de manera particularmente virulenta y cruel en las dictaduras y sistemas totalitarios.

Está también la violencia sexual, la que se ejerce contra mujeres y niñas y también contra quienes eligen modelos diferentes a los establecidos.

El caso es que, si no atendemos, corremos el riesgo de normalizar esas violencias, de anestesiarnos ante ellas, dándolas por inevitables, ignorando la capacidad de cambio que nos define como seres humanos. Esas violencias están también dentro de nosotros y amenazan con irrumpir si no atendemos. Por eso es tan importante que nos tratemos con amabilidad y generosidad en el trazo cotidiano, una actitud que poco a poco merece la pena ir trasladando al otro…

¿Cómo profundizar en esa dirección no violenta? Hemos hablado del primer paso: detectar. Necesitaremos comprender, yendo a la raíz de lo que produce esa violencia, y también meditar y trabajar en equipo con otros desde la metodología de la no violencia activa… Sobre todo ello seguiremos escribiendo y hablando en las próximas semanas.

Habrá que ver cómo construimos y recorremos juntos ese apasionante camino…

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