La política se ha convertido en una lucha de slogans y formas vacías, mientras el llamado “ciudadano medio” se va alejando de toda participación para concentrarse en lo más perceptual e inmediato, en “su vida”.
Pero la política es otra cosa. La política debe servir para canalizar, argumentar y concretar aspiraciones comunes para el avance y el progreso de todos y todas. La política tiene que incentivar una verdadera comunicación que discuta de fondo las cosas que nos importan. La política es también participar, actuar, ser parte de algo. No es solo votar, gastar, consumir, sino decidir, construir y crear.
Con diversas palabras y cifras, tratan de convencer de que la gente sobra: sobran pensionistas, sobran jóvenes en las universidades, sobran inmigrantes en nuestros pueblos y ciudades, sobran enfermos en los ambulatorios, sobran mujeres en el mercado laboral, sobran científicos y adolescentes señalando la urgencia del cambio climático, etc. Sugieren que sobra el adversario, el diferente, la desobediente, los otros. En ese proceso de deshumanización y fragmentación, que además afecta a los propios partidos y a la base social, pareciera que nadie es capaz de imaginar un horizonte común para la humanidad.
No sobra la gente, sobra la desigualdad, sobra la violencia, sobra la deshumanización, sobra la intolerancia y la crispación, sobra el determinismo que nos ahoga en la desesperanza y que descarta la posibilidad de construir otro futuro antes siquiera de haberlo intentado.
El humanismo entiende la política como proyecto social, como pasión por la justicia social, como disposición a saltar sobre todo prejuicio, como aspiración coherente en la que la vida personal no está separada de la lucha por un nuevo mundo. Como intento que vale la pena vivir. Esto es una invitación a ir más allá de un voto y a formar parte de un proyecto que es más que un partido. Es la invitación a construir un mundo donde las personas sean lo más importante.




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