Durante el primer fin de semana de febrero realizamos un taller del Fuego y la Materia.
Tuvimos la posibilidad de experimentar con materiales diversos, que requieren distintas temperaturas, distintos tonos para resonar con ellos.



Un elemento importante en ese taller fue el primer paso de la elaboración de los crisoles, el amasado. Un crisol es un recipiente de material refractario (minerales) que sirve para fundir un metal a temperaturas muy altas para que pueda ser volcado en los moldes. El crisol parte de materiales muy volátiles, livianos y blandos, como pudimos comprobar en el amasado, pero que durante el proceso, se transforman en algo muy consistente, capaz de aguantar y transmitir altas temperaturas.
Los crisoles tienen un fuerte componente alegórico que se ha expresado en varias imágenes y conceptos a lo largo de la historia. Probablemente la imagen más conocida sea la del «crisol de culturas».

Se cree que la primera vez que se utilizó la expresión fue en la obra de teatro The Melting Pot, de 1908. Desde entonces, un crisol de culturas simboliza una sociedad donde conviven distintas poblaciones, aportando lo mejor de cada lugar de origen.

El crisol es una buena metáfora para referirnos a un paisaje humano diverso porque en un crisol interactúan distintos materiales sin perder sus cualidades. Cuando esos materiales se combinan, logran producir algo mejor, como ocurre con el trabajo en equipo, que nos posibilita crecer y avanzar. Cuantos más elementos se sumen, aportando su diversidad, mayor será el avance.

El taller tuvo espacio para el intercambio, cena compartida, encuentro… un ámbito humano como un crisol suave y fuerte dando energía a cada una de las personas, que somos esa materia tan interesante, impredecible y siempre con posibilidades de cambio.




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